martes, 7 de octubre de 2014

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ANHELANDO LA PRESENCIA DE DIOS

“Dios, Dios mío eres Tú; de madrugada te buscaré; mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela. En tierra seca y árida donde no hay aguas. Para ver tu poder y tu gloria... Como de meollo y de grosura será saciada mi alma, y con labios de júbilo te alabará mi boca” (Salmo 63:1, 2,5)

PASAJE COMPLEMENTARIO: Lucas 9:28-36

He aquí uno de los más valiosos hábitos de excelencia que llevan a la victoria al ser humano, en todo lo que es, lo que hace y en todo lo que emprenda: cultivar una vida de oración consistente y leer diariamente la Palabra de Dios, esto le permitirá crecer espiritualmente y experimentar sanidad integral. Uno de los mejores ejemplos lo encontramos en el rey David, el hombre conforme al corazón de Dios, para quien estar en su Presencia, era una prioridad. En múltiples pasajes bíblicos, encontramos cómo este famoso rey buscaba estar a solas con Dios, antes de realizar cualquier actividad o tomar cualquier decisión personal o de su reino.

Era en su comunión íntima con Dios, donde recibía fortaleza y protección, era liberado de sus presiones, recibía consejo y dirección, le era revelada la mejor estrategia militar, recibía sabiduría para guiar a su pueblo al desarrollo y la prosperidad, y también, donde se llenaba de seguridad y confianza para la acción.

Permítanme enseñarles un procedimiento sencillo que se puede usar siempre que vayamos a orar, especialmente en aquellos tiempos matutinos de oración, que hemos denominado, el Devocional Personal. Está descrito a través de las iniciales de la palabra PAPÁ, así: Perdón (ponernos de acuerdo con el Señor, reconociendo nuestras faltas y asumiendo un cambio genuino), Alabanza (reconocer la grandeza y el poder de Dios), Petición (entrega de nuestras necesidades a Él) y Acción de Gracias (expresión de un corazón confiado y seguro). Sin duda alguna, este era el procedimiento usado por los grandes siervos de Dios, puesto que en medio de las situaciones de la vida, se mantuvieron victoriosos comprendiendo que su Padre estaba siempre con ellos, era su Refugio, su Ayuda y su Socorro.

Cada día necesitamos decirle a Dios: “Dios, Dios mío eres Tú...” Así viviremos con la inquebrantable seguridad de un Dios personal y Padre amoroso, que nos pertenece, pues así Él lo ha querido. Esta fue la estrecha relación que también el Señor Jesús estableció con su Padre y nos enseñó a nosotros, para que le disfrutásemos a plenitud: “...para que todos sean uno; como Tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que Tú me enviaste” (Juan 17:21)

HABLEMOS CON DIOS:

“Señor, que mi vida sea una constante ofrenda de oración, alabanza y adoración a Ti. Que espere anhelante cada día y cada momento para disfrutar de tu dirección y tu guía, y experimentar el deleite de estar en tu compañía”. 

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