martes, 4 de noviembre de 2014

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RECUPERANDO NUESTROS VALORES

“¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Muestre por la buena conducta sus obra en sabia mansedumbre” (Santiago 3:13)

PASAJE COMPLEMENTARIO: Mateo 11: 28-30; Gálatas 5:22-23

Si algo necesitamos transmitir como padres a nuestros hijos, son los valores básicos que han de ser su fundamento para la vida; y entre estos fundamentos está la manera adecuada de relacionarse con sus semejantes.

Es necesario aprender de manera urgente, el maravilloso don de la mansedumbre, ya que la familia como transmisora de valores fundamentales, viene deteriorándose con profundos cambios y perdiendo identidad, unidad y estabilidad.
La mansedumbre y la sabiduría que habla el pasaje bíblico mencionado, es lo que necesitamos para que toda enseñanza que transmitamos a nuestros hijos llegue a su corazón y se transforme en un modo de vida.

La mansedumbre como parte del fruto del Espíritu Santo, proviene de Dios, y la alcanzamos buscando comunión con el que es Manso y Humilde de corazón, el Señor Jesucristo. No se dará por un deseo, o por un acto de nuestra voluntad o porque así nos propongamos; es un regalo de Dios para nuestras vidas.

Dios a través de su Espíritu nos capacita para equipar nuestra vida de mansedumbre y enseñar a nuestros hijos a revestirse de ella. Podemos enseñarles muchas cosas en la vida, como ser buenos estudiantes, responsables, cumplidores de su deber, intrépidos, etc., pero ninguna enseñanza será de tanto provecho, como aquellas que plasma el mismo Espíritu de Dios en nuestros corazones, transformándonos a su imagen y semejanza.

La sabiduría que vemos en el rey David antes de morir a través del consejo que da a su hijo Salomón, está relacionada con la verdad de Dios y sus preceptos. En 1a. Reyes 2:3-4, esta sabiduría la expresa así: “guarda los preceptos de Jehová tu Dios, andando en su caminos, y observando sus estatutos y mandamientos, sus decretos y sus testimonios, de la manera que está escrito en la ley de Moisés, para que prosperes en todo lo que hagas y en todo aquello que emprendas...”

Cuando lo que enseñamos son nuestras vivencias diarias, nuestros hijos no se resistirán a escucharnos. Dios nos capacita dándonos su sabiduría y mansedumbre para ser el modelo de padres que ellos necesitan.

HABLEMOS CON DIOS:

“Señor hoy te ruego que me hagas un padre, una madre con mucha sabiduría y que me enseñes a cultivar la mansedumbre, y de esta manera yo pueda ser un ejemplo constante a mis hijos, Amén.” 

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