sábado, 12 de noviembre de 2016

Devocional Noviembre 13

LA FUERZA DE DANIEL

Cuando Daniel supo que el Edicto había sido firmado, entró en su casa, y abiertas las ventanas de su cámara que daban hacia Jerusalén, se arrodillaba tres veces al día, y oraba y daba gracias delante de su Dios, como lo solía hacer antes.” (Daniel 6:10)

PASAJE COMPLEMENTARIO: Daniel 6; Salmo 91:9-16

Podría decir que Daniel es uno de los más íntegros ejemplos de cómo un hombre de Dios puede permanecer en las altas esferas de un gobierno humano sin que su corazón sea corroído y contaminado por el ansia de poder, sexo o dinero.

Sus enemigos llenos de envidia buscaban y tramaban planes perversos, inventaban situaciones para hacerle caer en desgracia ante el rey. Pero lo que no sabían, es que la gracia que Dios había colocado en Daniel, nadie la podía quitar (Proverbios 3:4).

Daniel conocía con plena convicción quién era él, conocía su misión, la razón por la que estaba en esa posición de privilegio, conocía su destino y por lo tanto, conocía a quien servía: al Dios de Israel. Por eso, ante una sentencia del rey (humana), solo cabe una sentencia divina. Es decir, si el rey Darío decretó la muerte de Daniel, por no adorarle ni arrodillarse delante de él, otro rey, el único Rey sobre todos los reyes, decretaría su vida, por la sencilla razón que ante Él fue hallado inocente. Y así ocurrió, su confianza en el Dios de Israel, a quien Daniel servía, fue premiada y los leones hambrientos no le pudieron hacer daño.

Leones apaciguados, edictos reales anulados, envidiosos destruidos, el nombre del Dios de Israel exaltado, la vida de Daniel honrada... este es un singular ejemplo de la eficacia de la oración (Proverbios 11:3).

En este caso, una oración basada en una promesa: “Si oraren a Ti con el rostro hacia la tierra que Tú diste a sus Padres, y hacia la ciudad que Tú elegiste y la casa que he edificado a tu nombre, Tú oirás en los cielos, en el lugar de tu morada, su oración y su súplica, y les harás justicia” (1 Reyes 8:48-49).

Esta promesa está vigente para nosotros, los que creemos que el Dios de Israel es el verdadero y único Dios, que Jesucristo es el Hijo de Dios y el Espíritu Santo, el guiador y consolador.

HABLEMOS CON DIOS:

“Gracias Señor Jesucristo, entiendo que tus promesas siguen vigentes y con ellas siempre puedo dirigir mis oraciones para que se cumplan con la ayuda de tu Santo Espíritu, Amén”.

 

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